“Oniros aparecía”

Como el que espera desvelado a que le sobrevenga el sueño, pero no me refiero al estado fisiológico en sí mismo, sino a la incipiente desazón causada por la ausencia y el retraso de la llegada de “Oniros”, hijo de “Hypnos”, dios del sueño.

Yo, que ansío tu llegada entre sábanas de duermevela, mis ojos cansados no consiguen entrever cuando será el momento de sucumbir a tu abrazo.

¿Porque te retrasas tanto? La oscuridad de la noche es mi única compañía y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas me mantiene en la vigilia.

¿Será culpa de tu padre, Hypnos te retiene? ¿O tal vez será Thanatos, dios de la muerte digna?

Pero no es momento de acudir ante triste destino, pues yo deseo desde mi alma recorrer junto a ti los mil sueños oníricos que cada noche me regalas.

Pero las horas pasan y la noche negra me susurra cada minuto que pasa:

”Duerme, duerme, si dormir es lo que quieres. ¿O acaso no sabes que la lluvia cesa la sinfonía, para dejar que te duermas en dulce armonía?”

Y tan pronto la noche me habla…, mi cuerpo y mi mente pasan a la otra orilla, porque sin darme cuenta estás ahí, ¡Oniros!,…

¡esperando mi llegada!.

Aquí y ahora no es de noche ni de dia, mi conciencia no lo admitiría. La ensoñación posee mi alma y mi cuerpo ya no veía, por eso mi subconsciente es lo único que poseía.

Tu mano junto a la mía recorren impacientes el largo camino de lirios y amapolas, ¡que bello eres si me miras! ¡pero qué extraño me resultas cuando al girar, la mirada evitas!

Despertar no quiero de esta dulce fantasía, porque el temor me corroe al pensar que te perdería.

¡Escucha Oniros, las flores cantan una dulce melodía!

¿Será para acompañarnos en nuestro ilustre caminar hacia el templo de los sueños, donde allí te amaría?

Un coro de voces nuestra atención nos reclama para avisar con vehemencia la inminente llegada.

Un gran portal con flores de plata espera nuestra llamada, pues es menester nuestra presencia para abrir esta morada.

Pon tu mano junto a la mía sobre las puertas de nuestra futura vida. No te asustes, rey de los sueños, al otro lado será de noche y despues de dia.

¡Oniros, de dios y rey sigues vestido! ¡Despójate de tus blasones y de todas tus insignias, pues allá donde vamos no hacen falta distintivas!

¡No mires atrás, vida mia! No sientas nostalgia, sino sabiduría, porque el fin ha llegado para mostrarte ante tus ojos lo que tanto te prometía.

¡Mira Oniros, mira! Un hogar lleno de vida, prados verdes en la lejanía y montañas coronadas de blanca nieve a mediodía.

Que tranquilidad sosegada en la noche nos aguarda para que no tengas que divagar nunca más entre sueños y alabanzas.

Las puertas están abiertas para darte la oportunidad de dejar todo esto en la lejanía y pasar a formar parte de lo que es costumbre mia.

—Soy Oniros, rey de sueños y dios de alegorías. Este es mi lugar de reposo mientras tu vida guardas y solo en la noche mientras duermas sere tu súbdito enamorado de todas tus fantasias.

—¡No sueltes mi mano Oniros! ¡Aférrate a mí como la raíz a la tierra! ¡No lo vuelvas a hacer, sino me dolería, como una rosa arrancada de su tallo y de su vida!

—Adiós, o hasta pronto si lo deseas. Oniros regresa a su templo de alegorías. Los dioses reclaman mi presencia para rendir cuentas en esta ausencia. Pero no lo olvides, amor mio,  mi mundo es el deseo desvelado de tus sueños y en el me transformo en tus fantasías.

Manecillas (tic, tac) Segunderos (tic, tac) Minuteros (tic,tac) ¡Que molesto es el compás del tiempo que me sobresalta en la mañana. Ha dejado de llover y el rocío reposa en las hojas como perlas amarillas.

Otro amanecer despierto en mi almohada y una lágrima cae por mi mejilla, para recordarme una vez más,…

que tuve un sueño,…

en el que Oniros,…

aparecía.

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A tu lado…

Llegó la noche y un bocado de oscuridad se tragó indefectible todas mis vivencias iluminadas por el sol de agosto en el campamento de verano: recoger piedras y alinearlas formando pasillos para conectar unas tiendas de campaña con otras, tallar en madera de pino el nombre de nuestro equipo como ebanistas novatos, adecentar nuestros dormitorios de tela azulada y sacos de dormir, bendecir la mesa antes de engullir ( a veces devorar) comida cocinada por madres voluntarias, reunirnos por la tarde con nuestro equipo y participar en juegos inventados por los mayores. Pero lo que más me gustaba del día (aparte de la noche) era cuando al alba nos reuníamos todos en círculo alrededor de la plaza y cogidos de las mano cantábamos el himno del campamento para izar la bandera; mi oportunidad de cogerle de la mano y sentir como su piel se unía a la mía, el momento íntimo, precoz e inconsciente (aunque no se percatara) de saber que estábamos hechos el uno para el otro.

Pero llegó el momento para desconectarme de la realidad diaria como un automata teleredigido que ansia ser dueño de su cuerpo y abandonarme a mis fantasias nocturnas deseando transformarlas en realidad. El momento donde todos los gatos son pardos y maúllan en sueños sumidos en un letargo de juventud adormilada. Enroscados en sus sacos de dormir entreabiertos (tal vez hasta la cintura) para aliviar el fogoso calor del verano nocturno. Mi oportunidad de convertirme en felino insomne aprovechando el juego de las sombras para alargar mi brazo más allá de mis dominios y adentrarme en los suyos. Atrapar con mis garras el ser que ansiaba dentro de mí y que dormía en un sueño profundo junto a mi lado. Podía ver su pecho desnudo subir y bajar al compás de las olas de su respiración, como una balsa a la deriva sumida en la mansa marea nocturna. Un torso salpicado con perlas de sudor tan brillantes como la luna reflejada en el agua. Mi oportunidad de tocar el mar con la palma de mi mano y acariciar las olas estando a kilómetros del océano. Recoger con la punta de mis dedos todas esas gotas cristalinas segregadas por su piel y adueñarme de ellas haciéndolas mías para siempre, como el secreto mejor guardado siendo cómplice mi luna de verano.

Pero la noche nunca llega sola, pues guarda bajo su manto de oscuridad sorpresas llenas de temor a lo desconocido que te hacen dudar en seguir adelante. ¿Quizás era mejor dejarlo ahí? Pero no quería, es más, lo necesitaba. Necesitaba adueñarme de la noche y despojarla de sus hábitos para no sentir temor, ni duda, ni siquiera arrepentimiento. Ansiaba sentir la intimidad de nuestros cuerpos, el uno junto al otro. Deseaba abrazarlo y besarlo hasta agotar el oxígeno que nos daba la vida para morir unidos para siempre en uno solo. El sería yo, y yo, sería el.

Me divertía imaginando el despertar del campamento y sus caras de asombro al vernos a los dos desnudos en uno solo, unidos para siempre. “Tal vez deberíamos tallar un solo nombre para los dos con un epitafio que pusiera: amor de verano”, dirían.

Pero la noche me venció, pues siempre lleva un as en la manga en forma de lechuza insolente de cantos ululantes que hacen despertar al más bello de los seres.

—¿Qué haces aún despierto? —me dijo.

—Nada, espantar a un mosquito que estaba a punto de picarte.

—Venga duérmete, que mañana ya nos vamos. ¿No tienes ganas de volver a casa y reunirte con tu familia?

—Si tú supieras…, desearía que la noche no acabara nunca.

—A veces no te entiendo. Lo que es yo, me vuelvo a dormir.

“Y yo también, a tu lado”, pensé.

La herencia

Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá cada vez que venía mi abuela a pasar unos días. Yo sentía lástima por mis padres debido al calvario de peticiones e improperios a los que se enfrentaban cuando ella llegaba y se tumbaba sin moverse para nada. “¿Qué le pasa a la abuela?”, le preguntaba yo a mi madre tras discutir otra vez por no sé qué del usufructo, la abuela y nuestra casa. “Nada, que está mayor y chochea”. Y entonces es cuando mi madre le decía a mi padre lo de todas las noches antes de acostarse: “Tendremos que pasar por el aro”. Menuda familia de locos.

Déjame entrar…

Déjame entrar…,

seré más silencioso que el aire que respiras, te observare entre las sombras como devoto impío mientras duermes entre sedas vírgenes de inocente figura.

Déjame entrar…,

me acercaré a tu rostro de plenilunio iluminado, oleré el cáliz desprendido de tu cuerpo y estertores de emoción traspasaran el mío cuando llegue a tu cuello cincelado como el mármol

Déjame entrar…,

no sentirás nada y yo, lo sentiré todo, una embriaguez ardiente de glóbulos rojos transferidos de tu alma a la mía, divinidad endemoniada cabalgando en mis sienes desbocada.

Déjame entrar…,

te aré mía, infinitamente bella de piel renovada, inmortal ante la luna, fiel devota de mi sombra, amada por la noche oscura y temida por los que viven de día.

Déjame entrar…,

por lo que más quieras…

Déjame entrar

Me perdí…

Borrón y cuenta nueva…

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada evocaban en su mente recuerdos de una infancia rota. Desde que murió su padrastro decidió poner fin al pasado. A pocas horas para la demolición del que una vez fue su hogar (si se le puede llamar así), se despidió de el diciendo adiós al salón donde veían la tele sin mediar palabra alguna, adiós a la cocina donde preparaba las recetas de su madre fallecida en el parto, adiós a la habitación donde se metía para hacer los deberes y practicar meditación para evadir su mente, porque al caer la noche, quien se metía en ella, siempre era él.

Te amaré…

Carta 6 – 8 de Enero de 1941

De mil maneras y una…, es mi fe cargada de esperanza.

El valor que nos es requerido en la contienda es armado por la firme voluntad de resistir hasta el último día, por el ímpetu interno que resiste desaforado el paso de las horas con el único fin de sobrevivir.

De mil maneras y una…, es mi promesa a ti entregada.

Porque ante Dios fue sellada, nuestra unión eterna y verdadera y ante el protegimos nuestro amor antes de mi partida. Te prometí resistir y así lo hago, con esa misma voluntad y esperanza.

De mil maneras y una…, es mi prosa bendecida por el alma.

A ella me agarro para entregar mi pluma y mi letra para dedicarte estas cartas, porque eres la luz que me guía, eres el faro que ilumina mis noches de vigilia.

De mil maneras y una…, te amaré.

De mil maneras y una.

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La Matanza del Cerdo…

Título: La Matanza del Cerdo

Ya recogerían la mesa mañana sus hermanas, ahora Herminia miraba ensimismada el fruto de su esfuerzo: longanizas, carne y sangre hervida para alimentar a medio pueblo.
El procedimiento, como todos los años: primero el degüelle hasta dejarlo seco, luego el chamusque hasta quedar como un bebé, después se abre en canal y vacía la panza, se trocea.
“Que alivio poder respirar un aire libre de angustia , abusos y amenazas de muerte conyugales”, piensa Herminia mientras saca a pasear su nueva mascota.

A prueba de balas…

Carta 5 – 2 de Enero de 1941

A prueba de balas…

Amar…,te amaría

Amar…, te amaría

Noche Buena…

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Carta 4 – 24 de Diciembre de 1940

Noche buena…

 

¿Qué es la esperanza? Es el deseo que lucha contra lo inconcebible, es la emoción que retuerce tus miedos para mostrarse victoriosa a fin de alcanzar lo que uno anhela. Esta noche he sentido con todo mi ser, una embriaguez absoluta de esperanza. Mis ojos, amor mío, mis ojos lloraban de deseo, de una emoción incontenible.

 

Por primera vez en esta contienda, el color blanco ondeaba desde los puestos fronterizos hasta las trincheras en señal de una tregua. Las balas dejaron de silbar para dejar paso a villancicos entonados en un solo idioma.

 

Hasta nuestro General ha sucumbido al hechizo de nuestra luna, pues embargado por la emoción de la Noche Buena, ha hecho traer hasta nuestros puestos, su piano de cola. La visión en la noche, de un hombre uniformado acariciando las teclas de un piano, con un telón de fondo de alambre y espinas… y la luna llena. He llorado, amor mío, he llorado…